Mi verdadera familia

 


Como todos los días a las cinco y media de la mañana Claudio me despierta para comenzar mi jornada. Me levanto y Teresa —mi madre— ya está en la cocina esperándome con un plato de gofio, un revuelto de huevos ─¡que cosa mas rica!─ y una no muy buena noticia, vienen mis tíos y mis primos de la ciudad ≪para conectar con la naturaleza≫, el gofio se me hizo bola en la boca ¡casi me atraganto! no me gusta cuando vienen a vernos y espero que no sea como la última vez que estuvieron por aquí, hace por lo menos unos cuatro años o más.

Con las energías que necesito para mi día a día y sabiendo lo que me espera, puse rumbo al tambo, donde ya está Antonio —mi padre— quien no espera a Claudio para levantarse, él ya tiene su reloj biológico y prefiere ganarle al gallo o ¡eso dice! Allí también me aguardan, la Bonita, la Cariñosa, la Duquesa — que se llama así porque según mi madre se parece a una señora que fue muy famosa— la Castaña, la Gitana y la Chula —que es un poco enojona y le falta un cuerno— mientras tanto Amapolo, aguarda por fuera a sus chicas para volver a los pastizales. Siempre que comenzamos con el ordeño, me pongo a cantarles, ya que según decía mi abuelo, ≪si le cantas a las vacas dan mejor leche≫ No sé si será verdad, pero yo lo hago y ¡son felices! terminamos y separamos unos litros de leche para nuestro consumo, luego cojo el cántaro, lo pongo encima de una carretilla y corro hasta la entrada de la finca, donde a las siete y media de la mañana aproximadamente pasa Secundino —el lechero— quien además de acarrear el cántaro hasta lechería del pueblo mas cercano, que esta a unos cuarenta kilómetros montaña abajo, hace de recadero.

Con la carretilla de vuelta me paso por el huerto, le doy los recados a mi madre y veo que ha recogido algunas zanahorias, lechugas, tomates, cebollas y calabacines, ─algo me dice que hoy comeremos potaje─ solo de pensarlo ¡me crujen las tripas! al mismo tiempo que Platero comienza a rebuznar ¡como loco! lo tengo mal acostumbrado, ─todos los días antes de volver─ le premio con una Zanahoria, ¡y es feliz! mi padre siempre dice, ya veras la cara de tu madre el día que se meta al huerto y se coma todas las zanahorias.

En la pocilga me esperan Boris, Conchi, Bimba y Lupita, esta última una cerda vietnamita, fue un regalo que le hicieron a mi padre, una familia la había comprado como mascota para sus hijos, hasta que comenzó a crecer y se dieron cuenta que no era un animal para tener en un piso de la ciudad, ahora cada vez que me ve se pone a gruñir porque sabe que vengo con su comida. ¡es feliz! 

En el corral, me esperan Penélope, Rapunzel, Jacinta, Rosaura, Clara, Gema, ¡ah! y ¡Claudio! que se pone celoso cada vez que entro en su terreno, recojo los huevos ─ocho en total─ y les canto un poco. No tenemos muchas gallinas, pero si las suficientes como para abastecernos de los huevos con los que mi madre hace las tortillas, los bizcochos y lo que más me gusta ¡los revueltos! ¡soy feliz!

En el campo es tradición ponerles nombre a nuestros animales, los consideramos parte de la familia, buscamos algún gesto peculiar o algún parecido con alguien, una de las gallinas es de la raza Padua y se llama Jacinta ─como mi tía─ ya que según mi madre el moño que tiene en la cabeza le recuerda a su hermana, la que no viene nunca a vernos,  porque dice que ¡se ensucia mucho en el campo! Tenemos ovejas, cabras, conejos, pavos, gatos y dos perras, una de ellas la Olivia, una mestiza que encontramos abandonada en la carretera el ultimo día que bajamos al pueblo —se llama así por lo flaca que estaba cuando la recogimos— lleva apenas unas semanas con nosotros y ¡es feliz!

Con la mesa preparada y  listos para sentarnos a comer, escuchamos el motor de un coche, las perras comienzan a ladrar y corren hasta la entrada de la finca, ¡llegaron las visitas! dijo mi madre, ¡a buenas horas! exclamo mi padre, al mismo tiempo que mis tripas sonaban cada vez más fuerte, reclamaban la comida y sospechaban que se retrasaría, porque tendríamos que recibir a la ≪familia≫.

Viéndoles en la puerta ya algo me decía que se repetiría la historia de la ultima vez, mi tía Matilde con su cara estirada y pendiente no ensuciarse sus zapatos apenas bajarse del coche, mi prima Andrea haciéndose fotos con su teléfono, mi primo Julián escuchando música y en su mundo, ¡menos mal que venían a conectar con la naturaleza! ─pensé en voz alta─ y mi tío Ramiro era el único que se veía emocionado por venir al campo. Nos saludamos y mis primos preguntaron si teníamos gui fi o como se diga y en qué zona podrían pillar mejor cobertura, no entendía de que me hablaban, se miraron y se rieron de mí, me dijeron que tenia que irme a vivir a la ciudad y así ponerme al día con toda la tecnología.

Educadamente les respondí, si vienen al campo a escuchar música en vez de disfrutar de los sonidos de la naturaleza, si no quieren caminar por los montes por no pisar las boñigas de las vacas o si van a estar pendientes de la cobertura del móvil, ¡para eso se hubiesen quedado en la ciudad! ¡y me quede tan feliz! Me di media vuelta y volví a casa, un suculento plato de potaje, me esperaba en la mesa.




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